Ya ni bastaba el susurro del viento que en su brisa traviesa acariciaba, inalcanzable, las famélicas olas del Pacifico. Ya ni bastaba el llanto acaecido de la lluvia, que en su manto gris empapaba la arena desperdigada por tus pies. Porque ya ni bastaba mi querida Juana, la inmensidad de la luna y su belleza. Ni su belleza, Juana, ni su belleza te bastó.
Pero no te lo reprocho. El mundo que intentaste comprender, ese tan infinito y finito a la vez, tan imperfectamente perfecto, tan confuso y desprolijo, tan cargado de imágenes y de sueños, tan parecido a vos, Juana, no te alcanzó.
No te reprocho haber peleado con el mundo, te reprocho haberte rendido.
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