Te vi y me enamore de vos. De vos y tu desaire, de tu despreocupación por todo. Siento que somos idénticos, el uno para el otro. Y yo que iba apurada...
Intento alcanzarte, pero los demás cuerpos se empeñan en separarnos. En el barullo te pierdo de vista, pero al cabo de unos segundos te vuelvo a encontrar y nuestras miradas se cruzan. Te siento en mí. Pero como quisquilloso que sos te empeñás en bajar la vista otra vez, y otra vez más.
El ínfimo espacio que existe entre ella y vos me molesta. Sí, me molesta. Quisiera pensar que ese rose constante y perseverante entre ustedes cual coreografía ensayada una y otra vez no es intencional, la asocio al tráfico, no me lo creo. La odio. Ahora la odio más. Y, mientras ideo mi plan para alejarla de nuestro camino juntos, mientras pienso cómo hacer para sacarla del medio, para que me elijas a mí y no a ella, ocurre. Siento un vacio que paulatinamente me llena el pecho. Mi respiración se acelera, esto no está pasando, no realmente.
Te das la media vuelta y desconsideradamente te llevas una parte de mí. El estridente sonido de ese timbre retumba en mi cerebro, no te vayas, no. Escalón por escalón te vas alejando de mis manos que nunca te tocaron y de mis brazos que jamás te abrazarán. Y yo que había planeado tantas cosas, tantos caminos por recorrer mutuamente. Hasta que finalmente desaparecés por completo.
Te odio. Me odio. Por eso digo que somos iguales, los dos tan idiotas. Tengo que dejar de hacer esto. Siempre me pasa lo mismo. Esta es la tercera vez que dejo bajar al futuro amor de mi vida del colectivo.
Claramente, la tercera no siempre es la vencida.
Lipslol

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